PREGÓN DE LA FERIA TAURINA DE TLAXCALA (5ta parte)

December 23, 2018

Quinta Parte

 

“La fiesta brava es un acto hermanado de saber y de fe. La sociedad separa el conocimiento y la creencia. El rito taurino los reúne: en la fiesta, se sabe porque se cree y se cree porque se sabe. ¿Qué se sabe, qué se cree? Sencillamente, que se puede perder ganando y ganar perdiendo.”  

                            Carlos Fuentes

 

El toro debe ser para el espectáculo. Que permita generar la emoción que produce la relación torero-toro, pero en su justa dimensión. Decía Victorino Martín: “el toro y el torero son como los rieles del ferrocarril; ambos son necesarios pero nunca se deben juntar”.

 

Cada ganadero es libre de definir su concepto. Ojalá siempre desde el cristal de la ética. Y no solo en la selección, íntima faena de cada casa. El concepto llega hasta la plaza. Porque el ganadero es el único que a ciencia cierta sabe, el origen, la edad, la sanidad, la crianza y el estado de cada animal de su ganadería, por eso mismo tiene un deber ético de cumplir con lo que la tradición y las leyes señalan. El toro integro, el toro bravo, el toro que permita “la fugacidad del toreo, un arte vital circundado por la muerte que el toro promete en cada embestida.”

 

La bravura tiene que venir envuelta, como un regalo, en un cuerpo sin mácula.  El toro debe llegar a la plaza con los 4 años cumplidos, que exige la reglamentación y es la edad en la que su desarrollo físico le permite expresar al máximo su capacidad de acometer, de luchar, de mostrar en pleno la casta, la nobleza guardada desde su nacimiento y de tener el trapío que provoque un suspiro de asombro y de satisfacción al aficionado.

 

Bien puesto de pitones, enmorrillado, rematado, vestido para ir de boda. Esto si es responsabilidad absoluta del ganadero, porque es apreciable a simple vista, a diferencia de la bravura, misterio que solo se resuelve en la plaza. Y si la empresa o el torero lo piden distinto, él debe negarse. Si se juntan los rieles, el tren se descarrila.  

 

La muerte del toro es un rito. Y como tal debe ser contemplada y admirada. La plaza, que es un teatro, un foro, un mercado, debe estar dispuesta a esta contemplación, vestir elegantemente y respetar todos los momentos del rito. 

 

Nuestra plaza, la “Ranchero Aguilar”, nació guapa.  Y hay que mimarla para mirarla más bella.  Su ruedo es el templo donde se desarrolla la ceremonia de vida y muerte. Y como tal debe ser honrado.  Íntegramente.  Cualquier ser vivo que lo pise debe cumplir con las normas para estar ahí.  Toros y caballos, toreros, monosabios y mulilleros, alguaciles y jueces. Todos ellos invitados por el empresario y acompañados en la celebración por el público, juez superior y a quien se le debe la corrida misma.

 

Tlaxcala ha sido pionero en muchas facetas de la fiesta de los toros. Es cuna del toro bravo. Recientemente el poder legislativo local emitió el decreto en el cual se declara a la fiesta Patrimonio Cultural Inmaterial de los tlaxcaltecas. Es el único estado que contempla el desarrollo taurino como una actividad de gobierno. Vamos ahora por la inserción del toro de lidia en el mapa ecológico mundial.  

 

CARLOS CASTAÑEDA GÓMEZ DEL CAMPO

es el autor del libro “Piedras Negras, sitio, vida y memoria”. Carlos es ganadero, buen aficionado y defensor del toro de Tlaxcala, sus orígenes y sus ganaderías. Fundó en 1987 su dehesa de reses bravas con 15 vacas y 2 sementales de la famosa ganadería de Piedras Negras, ubicada en Bernal, Querétaro. Su hierro realizó su presentación el 13 de diciembre de 1992 en el puerto de Acapulco. Es amante de la bravura del toro de lidia y promotor de las tradiciones culturales de nuestros pueblos.

 

 

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